lunes, mayo 27

Ángel Rama, una vida urbana

Ángel Rama es una de las figuras más relevantes de las letras y la cultura latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX; uno de los contados casos, por cierto, a quien el atributo “latinoamericano” se puede adjudicar con rigor. No sólo porque en su obra como crítico abordó autores y temas de todo el continente, o porque como editor y gestor cultural dio cuerpo a iniciativas como la Biblioteca Ayacucho, que desde Caracas organizó un acervo monumental de clásicos de la literatura y el pensamiento de la región; también porque, al decir de Claudia Gilman, fue “el gran tejedor de la red latinoamericana de intelectuales” cuya conformación marcó los años sesenta, el momento en que la aspiración a una cultura latinoamericana logró una extendida urdimbre continental y su mayor impacto mundial.

La ciudad letrada. Un ensayo
Ángel Rama
Edición al cuidado de Nora Catelli y Edgardo Dobry.
Trampa Ediciones

Nacido en 1926, Rama fue miembro de una generación de escritores de especial brillo en la cultura uruguaya, que orbitó en torno de la revista Marcha desde la segunda mitad de la década de 1940; es decir, la revista y la generación que desde el rincón austral del continente anticiparon la inclinación latinoamericana de la política y la cultura que la revolución cubana y el llamado “boom” de la narrativa iban a volver moneda corriente. Desde la llegada de la dictadura a su país en 1973, tuvo que vivir como exiliado: encontró refugio primero en Caracas, donde estaba dando un curso en el momento del golpe militar y permaneció realizando actividades universitarias y editoriales hasta finales de la década; luego en Washington, cuando se integró como profesor al Departamento de Español de la Universidad de Maryland; y finalmente en París, cuando se le negó la visa de residencia en los Estados Unidos en el marco de una campaña de acusaciones de un macartismo trasnochado y kafkiano, una expulsión que vivió como un nuevo desgarro, una suerte de segundo exilio. A un año de esa nueva mudanza, en noviembre de 1983, cuando apenas comenzaba a aclimatarse, ocurrió el accidente aéreo en el que perdió la vida: viajaba a un congreso en Bogotá con su compañera, la crítica e historiadora del arte Marta Traba, y con los escritores Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza, que tampoco sobrevivieron a la caída del avión a punto de hacer escala en Madrid. Rama tenía 57 años y ya no iba a poder asistir a la recuperación de la democracia en Uruguay ni volver a su Montevideo natal.

Esos largos años de exilio influyeron en su concepción del continente. Es cierto que su latinoamericanismo era más temprano, y también que había sido reforzado y recompaginado por la revolución cubana, con la que mantuvo una relación tan intensa como ambivalente (fue uno de los más influyentes intelectuales en la definición de la política cultural que hizo de Cuba un faro continental en los años sesenta, pero su adhesión se deterioró irreversiblemente a partir de 1968 por la creciente sovietización de la isla, que tuvo su caso célebre en el proceso al poeta Heberto Padilla); asimismo, a comienzos de los años setenta pasó largas temporadas como profesor visitante en Puerto Rico y a esa altura ya había conocido las principales ciudades del continente, invitado a dictar cursos y conferencias. Sin embargo, a Rama debe aplicarse el principio tan habitual en la historia de América Latina que él mismo se ocupó de presentar en “La riesgosa navegación del escritor exiliado”: un principio “que se ha formulado de manera paradójica y burlona, poniendo a la cuenta de los dictadores la aceleración del intercambio y de la unidad latinoamericana tantas veces rubricada en el papel y tan poco en la realidad misma”. Su destierro le permitió conocer desde adentro una sociedad tan diferente de la uruguaya como la venezolana y el particular mundo del latinoamericanismo norteamericano. Pero mucho antes, incluso, a partir del golpe militar en Brasil en 1964, el exilio de Darcy Ribeiro en Montevideo favoreció una productiva relación que, sumada al largo nexo intelectual y afectivo con Antonio Candido, lo llevaron a ensanchar sus criterios etnográficos y su instrumental de crítica literaria y sociológica, tanto como a impulsar la integración de la literatura y la cultura brasileñas en los marcos estrechamente hispanos con que solía pensarse lo latinoamericano; y si con su propia obra crítica no alcanzara para notarlo, la alta presencia de autores brasileños en la Biblioteca Ayacucho, caso único en este tipo de colecciones, muestra con creces esa apuesta vital de Rama.

Dentro de su amplia e influyente obra, La ciudad letrada ocupa un lugar especial. No es sólo su último libro; es, también, el único de sus libros importantes que se propuso escribir de forma unitaria, ya que los otros surgieron de la organización a posteriori de series de textos que habían sido pensados como intervenciones singulares. Y, quizás lo más importante, es el único libro en el que arriesgó una interpretación general de América Latina, para lo cual ensayó un conjunto poderoso de hipótesis sobre la vida intelectual de la región, una visión estilizada sólo posible bajo la forma, precisamente, del ensayo, como se preocupó de definir desde el subtítulo. Es un libro, por fin, que excedió el interés de los especialistas y, en ese camino, logró convertirse en una referencia fundamental de la literatura del continente, un clásico. Al punto de que “ciudad letrada” se ha vuelto una de las fórmulas más expresivas –y no necesariamente para quienes aprueban las tesis del libro– para hablar tanto del mundo intelectual latinoamericano como de la peculiar cultura urbana moderna de la región.

Un libro póstumo

Se trata, además, de un libro póstumo, pero no de un libro inacabado. Esto es importante aclararlo porque ni su primera edición de 1984, ni ninguna de las que se hicieron después, se ocuparon de precisar las condiciones en que se encontraban el texto y el proceso de edición en el momento de la muerte de Rama.

En el archivo que su hija Amparo organizó y sostiene en Montevideo hay diversas versiones mecanografiadas del libro completo, con correcciones manuscritas de Rama que permiten deducir que lo había dado por terminado. Tanto como para haber llegado a incluir el “Agradecimiento” introductorio, una sección que suele definirse al final de la escritura de un libro, y que en este caso debe haber sido especialmente importante para Rama porque allí se ocupó de describir el proceso de expulsión de los Estados Unidos, con una mención particular al apoyo que había recibido de la comunidad de latinoamericanistas de ese país. Con la información que surge de esa introducción, del Diario de Rama y de la rica correspondencia existente en el Archivo (parte de la cual Amparo Rama y Rosario Peyrou publicaron recientemente en un libro esencial para conocer a Rama y entender el funcionamiento de aquella “red latinoamericana de intelectuales”), es posible reconstruir la gestación del libro.

Ángel Rama nació en Montevideo en 1926 y murió en un accidente aéreo, en Barajas, Madrid.

En una secuencia sucinta, conviene registrar los siguientes pasos. La fórmula “ciudad letrada” fue empleada por primera vez por Rama en una conferencia en Harvard en marzo de 1980. En octubre del mismo año recibió la propuesta de Richard Morse para participar del VIII Simposio “El proceso de urbanización en las Américas desde sus orígenes hasta nuestros días”, que iba a realizarse en 1982 en Manchester, invitación que vio como oportunidad para desarrollar aquella fórmula. En septiembre de 1981 recibió la oferta de publicar “cualquier libro tuyo nuevo” de parte de Frank Janney, uno de los fundadores de Ediciones del Norte, una pequeña editorial de libros en castellano situada en Hanover, New Hampshire (sede del Dartmouth College en el que Janney enseñaba); Rama venía apoyando el trabajo de la editorial y les ofreció el libro que había comenzado a proyectar. En septiembre de 1982, en el Simposio sobre el “proceso de urbanización” que al final no se realizó en Manchester sino en Stanford (un cambio de sede decidido por los organizadores como repudio a la guerra de Malvinas que había terminado tres meses atrás), Rama presentó, bajo el título “La ciudad letrada”, una versión apenas reducida de los primeros cuatro capítulos del libro, ya con sus títulos definitivos. Durante todo 1983, el año de la instalación en París, reitera en su correspondencia la ansiedad por terminar “el librito” –como lo llama en una carta a Saúl Sosnowsky. El 19 de septiembre le envía una carta a Janney en la que le asegura que está prácticamente terminado aunque, le aclara, en una versión mucho más extensa de lo que habían hablado inicialmente (“a las 100 páginas en tu poder, que he corregido y pulido nuevamente, se agregan las que calculo en unas 80 cuando concluya de pasarlas a máquina”), y le promete que a fines de octubre se lo mandaría completo. Sin embargo, la carta a Sosnowsky que cierra la edición de la correspondencia, fechada en París apenas tres días antes del vuelo fatal, pone en evidencia que no alcanzó a cumplir esa promesa: “Los viajes me han desquiciado mi plan de trabajo. Y algo también la angustia de la inseguridad que ha comenzado a minarme. Todavía no he podido entregarle a Frank (Janney) los originales del libro que ya tiene anunciado”. El hiato en la información es llenado aquí por Amparo Rama, quien nos cuenta que encontró en el escritorio de París la versión completa que su padre habría dejado preparada antes de emprender el viaje a Bogotá; ella la recogió y envió a la editorial y es en base a esa versión que se vino reproduciendo el libro desde entonces.

¿Serían esos los “originales” que esperaba entregarle a Janney? ¿Habría seguido corrigiéndolos de haber podido? Son preguntas legítimas que es imposible responder con certeza. La correspondencia, en cambio, deja menos dudas acerca de su voluntad de cerrar de una buena vez el libro y cumplir con el encargo. El trabajo parecía haber entrado en cuenta regresiva, ese momento en que el autor comienza a desesperarse por desprenderse de él. Vale la pena volver a insistir en que los cuatro primeros capítulos (bastante más de la mitad del libro) estaban casi listos desde un año atrás: los primeros tres sobre el período colonial estaban ya completamente definidos; el cuarto, que es el que mayor ampliación sufrió entre la ponencia de 1982 y la versión final, y los dos restantes, escritos desde cero, abordan los siglos independientes, en los que Rama había estado trabajando durante su estadía en Estados Unidos. Sobre uno de los temas principales de esos capítulos, el modernismo, dejó una cantidad de material lo suficientemente elaborado como para que se organizara después de su muerte otro libro que tenía proyectado: Las máscaras democráticas del modernismo, con perspectivas muy afines, como veremos, a las de La ciudad letrada.

La Generación del 45 en ocasión de la visita de Juan Ramón Jiménez, el 15 de agosto de 1948. De izquierda a derecha, parados: María Zulema Silva Vila, Manuel Arturo Claps, Carlos Maggi, María Inés Silva Vila, Juan Ramón Jiménez, Idea Vilariño, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama. Sentados: José Pedro Díaz, Amanda Berenguer, Zenobia Camprubí, Ida Vitale, Elda Lago, Manuel Flores Mora.

Al mismo tiempo, hay signos inequívocos de un tratamiento diferencial, más apresurado, de los últimos capítulos, siendo especialmente llamativas las anomalías del último, “La ciudad revolucionada”. El capítulo comienza anunciando un ciclo que recorre buena parte del siglo XX: desde las dos “revoluciones latinoamericanas” de la primera década –nombre con el que Rama une la revolución mexicana y las transformaciones emprendidas por José Batlle y Ordoñez en Uruguay– hasta los triunfos de Salvador Allende y del sandinismo en 1970 y 1980 respectivamente. Dentro de ese ciclo, distingue además un período que llama a acometer unitariamente (“como un panel continuado”), el largo medio siglo que va de 1911 hasta la crisis mundial de 1973, un propósito que viene alimentando desde el inicio del capítulo anterior, “La polis se politiza”, donde ya había presentado una periodización de dos partes centrales para el siglo XX: el período nacionalista (1911-1930) y el populista (1930-1972). Sin embargo, luego de esa introducción general de todo el ciclo revolucionario, Rama decide dedicar el último capítulo al momento de arranque protagonizado por México y Uruguay, dejando casi todo el siglo XX sin examinar –e incumpliendo también la promesa implícita en el párrafo inicial del libro, cuando describe el fenómeno de la “ciudad latinoamericana” como un “parto de la inteligencia” entre la remodelación de Tenochtitlan y Brasilia, el “más fabuloso sueño de urbe de que han sido capaces los americanos”, de la que no vuelve a haber mención. El final abrupto del libro, en el que a partir del análisis de la obra de Mariano Azuela se va a proyectar en un apretado párrafo el antiintelectualismo del mexicano a las siguientes revoluciones del siglo, es quizás un indicio de la conciencia de Rama de todo lo que quedaba sin resolver.

Adrian Gorelik.
Foto: Guillermo Rodríguez Adami

Es muy conocida la frase de Borges que sostiene que se publica para dejar de corregir. Aunque el escritor argentino nunca estuvo entre los favoritos de Rama, no parece descabellado asumir que esa pudo ser su disposición al dejar en el escritorio de París la versión “definitiva” que esperaba enviar a la editorial. Seguramente no habría dejado de introducir correcciones hasta último momento de haber podido, pero no es imaginable a esa altura del trabajo que pretendiera seguir escribiendo como para llenar estos huecos que señalamos, que deben ser asumidos entonces como decisiones que el ensayista tomó a conciencia, en función de una idea general –de eso se trata un ensayo– que sin duda queda expuesta y desarrollada con toda claridad.

Fragmento del prólogo de Adrián Gorelik a La ciudad letrada. Un ensayo, de Ángel Rama, edición al cuidado de Nora Catelli y Edgardo Dobry, Barcelona, Trampa ediciones, Colección “Intervenciones”, 2024.