martes, junio 25

Era de diplomacia implacable, contigencias necesarias y el retorno del determinismo

El 11 de septiembre, el presidente Joe Biden conmemoró el vigesimosegundo aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, en la base conjunta militar Elmendorf-Richardson en Anchorage, Alaska.

Las imágenes de Biden en un hangar militar a 7.000 km de ground zero son una analogía perfecta para describir la estrategia de política exterior de su administración.

El presidente de EE.UU. hizo una parada técnica en Alaska, para marcar la ocasión, durante su vuelo de regreso de su visita a la India para la cumbre del G20 y luego a Vietnam.

La administración Biden persigue con religiosidad una estrategia de diplomacia implacable, pero que al final del día se encuentra a miles de km de distancia de las emociones y la realidad aislada de la población a la que se debe.

El Gobierno de EE.UU. bajo Joe Biden ha buscado potenciar sus alianzas con miras a mantener control sobre el orden mundial.

Sin embargo, las maniobras diplomáticas de Washington han provocado la ejecución de contingencias necesarias por parte de sus adversarios, como China y Rusia.

Irónicamente, el relativismo al que apelan los demócratas en EE.UU. para aumentar su cuota de poder, no solo infectó al servicio exterior de EE.UU., sino que también provocó el retorno del determinismo en el escenario internacional.

Diplomacia implacable

El 21 de septiembre de 2021, durante la primera participación de Biden en la Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente de EE.UU. delineó en términos generales la estrategia de su administración (presuntamente de EE.UU. y del orden mundial que hasta el momento dominaba): “al cerrar este período de guerra implacable, estamos abriendo una nueva era de diplomacia implacable; de utilizar el poder de nuestra ayuda al desarrollo para invertir en nuevas formas de mejorar a las personas en todo el mundo; de renovar y defender la democracia”.

Antony Blinken, secretario de Estado de EE.UU., elaboró sobre esta estrategia durante un discurso que dio el pasado 13 de septiembre en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Johns Hopkins University.

En su discurso, Blinken enumeró los cuatro pilares de la estrategia de política exterior del gobierno de Biden: “(1) renovar y profundizar nuestras alianzas y asociaciones, y forjar otras nueva… (2) entrelazar nuestras alianzas y asociaciones de maneras innovadoras y que se refuercen mutuamente en todos los temas y continentes… (3) construir nuevas coaliciones para abordar los desafíos más difíciles de nuestro tiempo… (4) unir nuestras antiguas y nuevas coaliciones para fortalecer las instituciones internacionales que son vitales para abordar los desafíos globales”.

La verdad es que Biden ha mantenido un curso firme en el escenario internacional desde que dio su discurso ante las Naciones Unidas en 2021.

Desde entonces, Joe Biden ha viajado a Camboya, Canadá, Egipto, Finlandia, India, Indonesia, Irlanda, Israel, Italia, Lituania, México, Arabia Saudita, Corea del Sur, España, Suiza, Ucrania, Ciudad del Vaticano, Vietnam y Cisjordania; también visitó en dos ocasiones Bélgica (sede oficial de la Unión Europea), Polonia (el frente de la OTAN con el conflicto Rusia/Ucrania) y Japón (aliado económico militar por excelencia en el Indo-Pacífico); unas tres veces se reunió con Olaf Scholz en Alemania; y siete veces viajó al Reino Unido.

Razón por la cual no es difícil empatizar con el presidente de 80 años cuando tropieza en las escaleras subiendo al Air Force One, son 26 escalones de bajada y 26 de subida, una treintena de veces.

Biden también ha recibido en la Casa Blanca a los jefes de Estado de India, Corea del Sur, Brasil, Francia y 15 países del continente africano.

Esta era de diplomacia implacable también produjo acuerdos históricos. El 18 de agosto, Biden recibió a los jefes de Estado de Japón y Corea del Sur en Camp David, dos aliados de EE.UU. de manera bilateral.

Tras la cumbre, los tres jefes de Estado emergieron con un comunicado que promete una reunión trilateral anual. Japón, Corea del Sur y EE.UU. comenzarán a cooperar en materia militar, de inteligencia y seguridad regional, y por supuesto que en contrapeso a China en el Pacífico.

Este mismo 11 de septiembre, Biden logró que Vietnam elevara el estatus de su relación diplomática con EE.UU. a su más alto nivel, a una “asociación estratégica integral”.

Este año la OTAN amplió su membresía con Finlandia y Suecia. Tampoco podemos olvidar que la administración de Joe Biden logró aprobar el Inflation Reduction Act (IRA) en agosto de 2022.

El IRA aunque fue promocionado a nivel nacional en EE.UU. como una legislación para combatir la inflación, realmente se trata de alrededor de $500.000 millones en inversiones y subsidios para financiar la transición a energías renovables.

Unos $500.000 millones en inversiones y subsidios que están actualmente financiando el near-shoring de la economía del futuro hacia los vecinos de EE.UU., a la vez que obligando a los europeos a forzar con subsidios la transición energética o enfrentarse a un declive económico feroz (si Europa no subsidia sus empresas, estas podrían escoger mudarse a EE.UU. en donde el mercado es más grande y las regulaciones más beneficiosas).

De todas las decisiones de política exterior del gobierno de Joe Biden, la más trascendental no será los más de $100.000 millones que se le han entregado a Ucrania en armamento y apoyo económico.

La creación de la alianza de seguridad trilateral conocida como AUKUS fue la decisión que marcará la reconfiguración del orden mundial. En septiembre de 2021, EE.UU., el Reino Unido y Australia anunciaron una nueva alianza de seguridad en el Indo-Pacífico.

En el centro de esta alianza se encuentra la transferencia de tecnología para la construcción de una flota de submarinos de propulsión nuclear de EE.UU./ Reino Unido a Australia.

Este tipo de tecnología solo ha sido compartida por EE.UU. una vez en el pasado y fue para asistir al Reino Unido en su programa de submarinos nucleares. La trascendencia de esta decisión rellena de sustancia la insuficiencia ideológica del liberalismo relativista que ha promovido EE.UU. en el siglo XXI.

Contingencias necesarias

¿Qué vino primero, el huevo o la gallina? Una pregunta milenaria cuya única sabiduría inmediata es la revelación de la binaria de la relación entre ambas partes. Uno es producto de la otra. Causa y efecto.

De la misma manera, la contingencia necesaria a la elegantísima estrategia de relaciones exteriores de EE.UU. causó un efecto tan espeluznante que responder la pregunta del qué vino primero se vuelve secundario a la amenaza existencial.

El efecto de la era de diplomacia implacable ha sido una serie de contingencias inimaginables entre los enemigos del orden mundial dominado por occidente.

El pasado 4 de julio, mientras en EE.UU. se celebraba el aniversario de su independencia, Irán celebró su ingreso a la Shanghai Cooperation Organization (SCO).

La SCO es una organización principalmente de seguridad y defensa, fundada por China y Rusia en 2001. El 18 de julio, Putin viajó a Teherán y en las conversaciones que sostuvo con su homólogo iraní, Ebrahim Raisi, se acordó la compra de drones iraníes para su uso en la guerra contra Ucrania (dos meses después, drones iraníes efectivamente estaban impactando las calles de Kiev).

El 24 de agosto, en Johannesburgo, durante la cumbre de los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), el grupo de líderes no alineado amplió su membresía, que incluirá a partir de enero de 2024 a Arabia Saudita, Irán, Etiopía, Egipto, Argentina y Emiratos Árabes Unidos.

El pasado fin de semana, Xi Jinping decidió no participar en la cumbre del G20. Su comparecencia era de vital importancia para occidente, ya que son pocas las ventanas de oportunidad para realizar reuniones bilaterales en persona entre líderes del mundo. Xi, en vez de reunirse con sus homólogos como Modi de la India, Biden de EE.UU. o los líderes de la Unión Europea, recibió esta semana en Pekín a Nicolás Maduro Moros, con todos los honores. China y Venezuela también elevaron sus relaciones a un nivel más alto, ahora una alianza estratégica, que, según el comunicado ininteligible de la cancillería venezolana, “establece la cooperación, desarrollo y modernización de las zonas económicas especiales, que garanticen el encadenamiento productivo, la seguridad, justicia social y los medios ambientalmente sustentables entre ambos países”.

La traducción china probablemente lee diferente, un acuerdo que establece la ampliación de la penetración militar y de inteligencia del Partido Comunista de China en Latam, con sedes avaladas por el régimen venezolano.

El 27 de julio, el ministro de Defensa de Rusia viajó a Corea del Norte, en donde, junto con el primer vicepresidente del Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional de China, supervisó un desfile de misiles balísticos intercontinentales (prohibidos por la ONU). Y esta semana, el 13 de septiembre, el líder norcoreano Kim Jung Un viajó en su tren blindado, durante dos días, para reunirse con Vladimir Putin en el cosmódromo de Vostochni en Rusia.

Durante el encuentro, Kim Jong Un aseveró que “Rusia está actualmente comprometida en una lucha justa contra las fuerzas hegemónicas para defender sus derechos soberanos, su seguridad y sus intereses” y dio su “total e incondicional apoyo” a Vladimir Putin y su guerra en Ucrania. Kim Jong Un viajó a Vostochni junto al jefe militar encargado de misiles balísticos, el jefe militar encargado de submarinos con carga nuclear y el jefe militar encargado de tecnología espacial.

Días antes de la reunión, Putin confirmó que durante el encuentro se negociaría la transferencia de tecnología rusa para la construcción de misiles balísticos, lanzamiento de satélites y submarinos nucleares, a cambio de municiones.

Si bien Corea del Norte es un país empobrecido, este permanece en guerra con Corea del Sur y, por lo tanto, Kim Jong Un hoy mantiene 5 veces más municiones de artillería que EE.UU., depósitos que Putin quiere arrojar a Ucrania para garantizar su destrucción.

El retorno del determinismo

El relativismo implacable que han aplicado las administraciones demócratas en EE.UU. en el siglo XXI a la política nacional infectará la política exterior.

De la misma manera que internamente se ha querido destruir lo binario en EE.UU. para ampliar las bases de poder del partido demócrata e incluir realidades que van contra la lógica, a nivel internacional esa doble cara de Biden de poder negociar con buenos y malos con tal de evitar un conflicto directo ha provocado un retorno violento del determinismo.

Biden y su antecesor Obama han querido negociar con Putin, Xi, Maduro, Lula, Petro, Mohamed Bin Salman y Assad, entre otros. Han elevado ciertos aspectos del liberalismo a un nivel dogmático irreconciliable con la realidad.

El liberalismo no es compatible con el autoritarismo, y la implacable diplomacia no va a liberalizar al enemigo iliberal. Elevar la naturaleza humana no significa rechazar lo inocultable: el instinto de supervivencia y el afán de dominar.

Toda la diplomacia de Biden ha producido un mundo en donde por primera vez China, Rusia y Corea del Norte están aliados. Irán, Venezuela y Cuba encuentran respiro a través de sus alianzas, que solo existen producto de las jugadas de ajedrez político de Washington.

El conflicto siempre fue inevitable, haberle dado largas lo agravó, como todo en la vida que no se atiende cuando se debe. Las palabras del escritor Publius Vegetius, eternizadas en el siglo IV, hacia finales del Imperio Romano, son el estándar de oro del realismo internacional: “Si vis pacem, para bellum” [“si quieres la paz, prepárate para la guerra”].