lunes, junio 17

¿Y dónde están los otros nueve?

A Jesús le extrañó, que después de haber curado a diez leprosos, solo uno de ellos se devolvió para dar las gracias, y ese era un samaritano.

Los otros, quizá por el entusiasmo, la alegría de haber sido sanados, que implicó el que desapareciera la lepra y el poder incorporarse a la vida normal del pueblo, se olvidaron de quien los había sanado. Se puede entender, pero no justificar.

Al extremo de que Jesús pregunta extrañado que dónde estaban los nueve. Y es que era una sanación de algo repugnante a la vista de la gente, contagioso y de consecuencias físicas desastrosas para la persona. No había cura médica para eso. Y se debía vivir en lugares apartados de los pueblos. Y cuando iban por caminos transitados, debían tocar una campanita, para que la gente se apartara.

Ya el hecho de que Jesús se acercara a ellos, tocara sus cabezas y hombros, pronunciara la bendición llena de poder curativo, y se quedara con ellos hasta que empezara la sanación y los mandara donde pudieran registrar la curación, era un gesto único.

Dar las gracias es un gesto noble del ser humano. Implica reconocer que sólo no puedo, que necesito de los demás. Que no soy autosuficiente y que el otro me ayuda a solucionar un problema. Es reconocer que la otra persona dio de su tiempo, de sus bienes, de su cargo o responsabilidad, de su propio ser algo valioso que me ayudó a enfrentarme y salir airoso de una dificultad; a dejar una angustia, a solucionar una carencia, a ser mejor. Implica reconocer que hay una deuda con el otro, y que aunque no me pida nada en cambio, hay la obligación moral de retribuir con algo que nazca de mi alma, de mi corazón agradecido. Y eso es decir con afecto y consideración la palabra ¡gracias!. Decir gracias es en el fondo dar una bendición, es decirle que lo quiero, que lo estimo mucho, que no olvidaré el favor, que le deseo lo mejor. Que si yo puedo haré algo parecido con él. Es devolverle con un bien espiritual el favor que me ha hecho. Es hacer que el otro se sienta bien por lo que ha hecho.

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Debemos nosotros ser siempre agradecidos, con Dios en primer lugar, y con las personas que nos han ayudado, y no olvidar nunca el favor recibido. Y decir la palabra gracias con entusiasmo, con sinceridad, con nobleza, asegurando que siempre estaremos dispuestos a devolver el bien con bien. Ser agradecidos implica tener un corazón bueno, que reconoce el bien recibido. Que seamos agradecidos como el samaritano que se devolvió para decirle gracias a Jesús.

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